La Niña de Guatemala

José Julián Martí Pérez, nace el 28 de enero de 1853 en La Habana, Cuba, sus padres fueron Mariano de los Santos Martí y Navarro y Leonor Pérez Cabrera.

José Martí, poeta, pensador, periodista, filósofo y político, se le conoce como “El Padre de la Patria Cubana”, le es atribuida la creación del Partido Revolucionario Cubano y la organización de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria, considerado uno de los iniciadores del Modernismo. Creó una abundante y variada obra que va desde los ensayos filosóficos hasta las novelas, pasando por crónicas periodísticas, discursos, relatos, cartas, libros de poesía y algunas obras teatrales.

Su muerte ocurrió el 19 de mayo de 1895 en medio de un combate contra las tropas españolas en Dos Ríos, cerca de Palma Soriano.

Es prudente recordar a María García Granados y Saborío, conocida como “La Niña de Guatemala”, nace en la Ciudad de Guatemala, 1860, hija del general Miguel García Granados, María, además, era sobrina y nieta de María Josefa García Granados, influyente poetisa y periodista. Cuando José Martí llegó a Guatemala en 1877, frecuentando la tertulia del general García Granados se enamoró de María, pero no pudo corresponder el amor de esta por estar comprometido para casarse. María murió el 10 de mayo de 1878, poco después de enterarse del matrimonio de Martí, quien le dedicó en 1891 el poema -La Niña de Guatemala-.

Todavía permanece un velo de misterios inexplicables por la ciencia y la conciencia: María García y José Martí mueren en el mismo mes con una diferencia de 17 años y nueve días.

En los pueblos libres el derecho ha de ser claro. En los pueblos dueños de sí mismos, el derecho ha de ser popular. J. M.

La Niña de Guatemala

José Martí

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.
Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda...
Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores...
Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.
Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!...
Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.

La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio. J. M